Mariano Fortuny y Madrazo (Granada, 1871 – Venecia, 1949) creció bajo la alargada sombra de dos de las estirpes más determinantes de la pintura española decimonónica. Hijo de Mariano Fortuny Marsal y de Cecilia de Madrazo —hija a su vez del pintor de cámara y director del Museo del Prado Federico de Madrazo—, su trayectoria vital parecía encauzada de antemano hacia el lienzo de caballete. Sin embargo, su obra desbordó pronto cualquier compartimento estanco. La muerte de su padre en Roma en 1874, con apenas treinta y seis años, precipitó el traslado de la familia a París en 1875. Allí, en un entorno cosmopolita, el joven compaginó las clases de dibujo y pintura con Jean-Joseph Benjamin-Constant con el estudio riguroso de la química física. Aquella formación científica, atípica en un artista plástico tradicional, se convirtió en el cimiento sobre el que levantaría todos sus posteriores desarrollos técnicos.
El definitivo asentamiento familiar en Venecia en 1888, en el Palacio Martinengo, supuso un punto de inflexión. La llegada a la ciudad coincidió en el tiempo con la muerte en el Palazzo Vendramin de Richard Wagner, cuya música y concepción de la obra de arte total (Gesamtkunstwerk) causaron un hondo impacto en el joven Fortuny. Comprendió entonces que la pintura, la escenografía teatral, la luminotecnia y la materia textil formaban parte de un mismo problema estético y espacial. Esta convicción lo llevó a intervenir directamente en la escena. Descontento con la iluminación teatral plana de la época, ideó en 1900 su célebre «Sistema Fortuny»: una cúpula cóncava de hierro y tela que proyectaba luz indirecta y difusa sobre el escenario, transformando la atmósfera de montajes operísticos como Tristán e Isolda en La Scala de Milán o Los maestros cantores de Núremberg en la Ópera de Roma.
Mariano Fortuny, vestido Delphos, 1909. Raso de seda plisado y cuentas de vidrio. Museo Fortuny, Venecia. Fotografía: Paolo Utimpergher. Archivo del Museo Fortuny.
En 1906, Fortuny fijó su residencia y laboratorio creativo en el gótico Palazzo Pesaro degli Orfei, edificio que fue adquiriendo por fases hasta su propiedad total. Allí conoció y compartió investigaciones con Henriette Negrin, su esposa y colaboradora imprescindible en los talleres venecianos. Estimulado por la extraordinaria colección de textiles históricos iniciada por su madre Cecilia, Fortuny se adentró en la experimentación textil mediante la reinterpretación de técnicas del pasado. Trasladando los drapeados de la escultura griega clásica y cretense al plano contemporáneo, concibió hacia 1906 el chal Knossos y, en 1907, el vestido Delphos.
El Delphos, patentado en París en 1909, representó una ruptura radical frente a la corsetería rígida de la Belle Époque. Elaborado en seda pura y definido por un microplisado manual y térmico cuya elasticidad se amoldaba a la anatomía sin oprimirla, devolvió al cuerpo femenino su libertad de movimiento natural. Para asegurar la caída de la prenda y equilibrar el vuelo de la tela, incorporó cuentas de cristal de Murano en las costuras laterales y dobladillos, aunando utilidad estructural y acabado matérico. Creadoras y figuras de la cultura como Isadora Duncan, Sarah Bernhardt, Eleonora Duse y Peggy Guggenheim adoptaron sus túnicas, despojándolas del carácter íntimo del atuendo doméstico para transformarlas en estandartes de una nueva libertad plástica. Marcel Proust dejaría constancia de esa fascinación en varios pasajes de En busca del tiempo perdido.
La creciente demanda comercial motivó la apertura en 1919 de la fábrica de la Giudecca. En este nuevo enclave no solo se fabricaron sus conocidas lámparas metálicas y de seda, sino que la empresa ensayó fórmulas de estampación sobre tejidos de algodón para mitigar el encarecimiento de la seda. Aunque el crac bursátil de 1929 puso a la sociedad al borde de la quiebra y obligó a hipotecar las instalaciones fabriles, la alianza con la decoradora de interiores neoyorquina Elsie McNeil Lee abrió las puertas del mercado estadounidense mediante un salón exclusivo en Madison Avenue. Paralelamente, su curiosidad técnica continuó activa: perfeccionó patentes de papel fotográfico y comercializó en 1933 la «Témpera Fortuny», una fórmula propia para la pintura al temple.
En sus últimos años, distinguido como académico de Bellas Artes de San Fernando y tras haber ejercido como vicecónsul honorario en Venecia, Fortuny buscó asegurar el porvenir de su legado ofreciendo la donación íntegra de su palacio y sus colecciones al Estado español a cambio de garantizar su conservación, propuesta que fue desestimada por las autoridades de la época. Tras su fallecimiento en Venecia el 3 de mayo de 1949, fue enterrado en el Cementerio de Verano en Roma. Fue Henriette Negrin quien canalizó parte de sus piezas hacia el Museo del Traje de Madrid, mientras que el Palazzo Pesaro degli Orfei pasó al patrimonio comunal de Venecia en 1966. El espacio pervive hoy como testimonio de un creador que supo conjugar la intuición estética con la exactitud técnica.
Escrito por María Cristina Santini
Editora web: África Fontana Hevilla
Editora visual: Sofia Sereir Santini